Cuando un grupo de personas, de manera consciente e intencional, considera vivir y/o trabajar en grupo, se abren posibilidades y desafíos a los que responderán en dos niveles: el individuo y el grupo. El proceso de crear comunidad supone el desarrollo de diversas habilidades que pertenecen al individuo. Cada persona llega a la comunidad a su tiempo y con su propio recorrido.

Cada individuo trae conocimiento y talentos, pero también conflictos internos, la resonancia de experiencias pasadas, resueltas o no, creencias y cultura.

Nuestra procedencia como individuos tiene un impacto directo en la comunidad y forma parte integral de ella, la nutre, así como las dificultades que se crearán en el camino. Eso es parte de la riqueza de vivir y trabajar juntos, y es el motor del proceso de crecimiento interno que todos viviremos. La transparencia sobre nuestras experiencias, el compartirlas con el grupo en los momentos designado para esto, es parte del proceso de construcción de la comunidad.


Vivir y/o trabajar en la comunidad invita a ser consciente de las necesidades personales y a moderarlas con las necesidades del grupo, el proyecto y el mundo. Este es un proceso permanente que nos desafía a des-aprender esquemas de patrones sociales y esto es parte del viaje para todos ... ¡una bella aventura!

Pasar de una cultura de competitividad que nos da una sensación de escasez hacia una cultura de compartir basada en la abundancia; entender el cuidado de las necesidades de cada uno y las necesidades de otras personas como parte de la misma cosa.

Es vital observar las actitudes y habilidades que se necesitan en el proceso y se pueden ver como el corazón del crecimiento personal.

Involucrarse en una comunidad planteará definitivamente muchos desafíos personales para cada individuo. Pero estos desafíos incluyen un gran potencial para el desarrollo personal: si se utiliza este potencial, la aventura de construir una comunidad puede ser muy gratificante.